Ahora que yaces transformado,
del ímpetu bravío en insondable calma
y vuelto a la heredad mezclas la noche con el barro,
ebrio de la sustancia de los sueños,
harto de ser humano,
tornaste al seno de la madre generosa,
al óvulo macizo,
al acto consumado,
pero ya no eres el hijo de la tierra,
si no la tierra misma,
y vuelto a la raíz viertes esporas
y en toda tu extensión cosechan musgo los albores,
mientras pastan en tu sien los caracoles
y orbita el polvo huérfano en tus cuencas,
vienes naciendo nuevamente hacia la aurora.

En la oquedad que te precede no hay angustia,
ni consabidas oraciones,
solo la tierra sedienta de tu sangre
y la muda indiferencia de las flores.